Un suspiro ahogado en el aire, cruel paradoja
psicofísica, me da la bienvenida con el manto de oscuridad que tiñe todas las
cosas en la noche. Hay un metrónomo rotando de una sien a la otra, decretando
la dictadura del insomnio. Me dominan pensamientos que se atavían a cuestiones
casi existenciales de la noche: Se está solo hasta con alguien de infinito
valor al lado. ¿Cuántas personas se sentirán a solas con sí mismos? Hay un dejo
de angustia que justifica al jadeo, y le da tiempo de convertirse a palpitaciones
de suma intranquilidad: Tengo una jaqueca, de esas que despabilan peor que el
cachetazo de la mano más pesada. No quedará otra que dar vueltas dentro de mi
cabeza hasta dar con la llave que abra la puerta de mi somnolencia. Hoy vienen
a visitarme aquellos que físicamente no están hace un tiempo, y otros que
subieron despacio la escalera al cielo y, peldaño a peldaño, se quedaron
cómodamente obligados ahí.
Es momento de recordar su esplendor,
flashbacks en sepia que me transportan como un sueño liviano a revivir lugares
(muchos de los cuales sigo frecuentando, pero sin ese aire noventoso), la
disposición de los muebles, los olores, hasta los cielos eran de otro tornasolado.
Todavía puedo sentir al tacto el pote de Gándara que venía antes del té con
leche con retazos de figacita casera adentro. Soy un infante de nuevo, sin
preocupaciones, sin soledades; un caminante de la vida sin tiempos ni plazos
administrativos o de cualquier otra índole. Recuerdo la complicidad con mi tío,
otro párvulo de ingenuidad dudosa y eterna pero siempre querible. Ir a sacar de
la mesa las medialunas que le estaban prohibidas para luego repartirnos el
botín, el cual nos delataría más adelante con sus propias migas desperdigadas
por toda comisura visible. Su sonrisa y orgullo por compartir este mismo
apellido, que cargamos con la frente más alta, erguidos en los logros y unidos
en las dificultades. Felicitándome por mis notas en el colegio, leyendo y
atesorando mis primeras letras manuscritas y otras tantas en formato digital. Fomentando
mi cultura, recomendándome leer la Constitución para nunca ser víctima de
atropellos. Buscando tangos de D’arienzo en internet, palmeándome el envés cada
oportunidad que terminaba de ejecutarle “Mano a Mano”. Las diapositivas no
terminan: Actos de colegio, felicidad y altivez de verme de nuevo junto al
pabellón nacional. Visita a Campana, Renault 11 gris de papá, unos kilómetros
hacia dentro en una tarde de sol, cartel verde que nos da la bienvenida a Don
Torcuato. Más verde, esta vez del césped, y al fondo, detrás de una densa
arboleda, se avista el dirigible de La Serenísima. Un paseo inolvidable, del
que todavía al tocarme el brazo puedo sentirme la piel erizada: Sintomatología
clásica de anhelo pueril concretado. Las filminas continúan, no tan análogas
ahora, donde la vida invirtió los roles, los mimos cambiaron de destinatario y
las dificultades asociadas a la edad me volvieron un sobrino cariñoso, lejos de
olvidar tanta mundología compartida. Ni el norte ni el sur pudieron alejarnos
más allá de unos kilómetros corpóreos, mas no hubo frío ni calor que nos
distanciaran de verdad, a sabiendas que hay gente que se tiene a metros entre
sí pero deja pasar la vida sin siquiera mirarse a los ojos para darse las
gracias que merecen. Y más allá de cualquier censor onírico, sé que estás
conmigo, que sos, fuiste y serás esa persona que me enseñó que había más
familia que mamá, papá y hermana. Me acompañaste desde abajo, cuando era vecino
del suelo, y hoy me seguís acompañando desde el cielo más alto e inalcanzable,
otra cruel paradoja psicofísica. Ni el mejor comprimido de ergotamina podría
haberme quitado esta migraña, pero te animaste a abrocharte el cinturón a mi
lado.
Muchas gracias por viajar conmigo.
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