Hay mentes que nunca concluyen el ajetreo
interno, sin importar la franja horaria que atraviesen. Es más, muchas veces
son cruzadas por estímulos claves, en ocasiones que cultural y naturalmente
están destinados a su descanso. No todo es tan sencillo ni lineal como
presionar el “ON-OFF” en el cerebro y dar vuelta la página para dar comienzo a
un nuevo día. Admiro profundamente a quienes lo pueden hacer, aquellos que no
se estresan ante la idea de la oscuridad nocturna, esa que vuelve inútiles los
ojos que todo lo ven. La almohada es un cerrojo que suele atraparme con mis
pensamientos, obligándome a estar a solas con ellos; es momento de evaluar
absolutamente todo en infinitas direcciones. Repaso momentos del día: aciertos,
errores, cosas por hacer, frases colocadas con pericia y desafortunadas
palabras que se baten a duelo en una disputa moral y afectiva. El Súper Yo y el
Ello combaten en orillas opuestas con la intención de imponer cada uno su
manifiesto. Qué complejas son las ideas que persisten estoicamente alrededor.
Algunas veces son ideas que
revolotean inconexas buscando un papel que las aloje. Otras son mapas,
secuencias, textos completos que desafían a la aurora, dejándome perplejo y
desvelado ante tanto análisis. A esta altura es imposible reducir la marcha,
no hay cambio que bajar en esta caja de velocidades.
La retrospectiva se profundiza:
aparecen proyectos, amores, sueños y los besos que han sido y no fueron del
todo. Recuerdo las promesas sin cumplir, las dagas que me apuñalaron el corazón
cuando todavía era muy imberbe para percibir cara a cara al dolor.
Vuelvo a ponerme los zapatos que
traía desgastados al principio de este viaje, recorriendo nuevamente los
senderos que me trajeron hasta este entramado pantanoso. Las miserias pasadas
se burlan de mi, inefables, resentidas por haberlas dejado atrás. Si la
complexión natural nos permitió diferenciarnos del resto por la noción de
pretérito y porvenir simultáneamente, es bueno usarlo para valorarse, para
comprender que no somos seres de un día. Es ahí cuando abro los ojos, harto de
luchar contra esa fuerza invisible que sólo gana solidez ante cada embate por
dormir. La miro a ella, envuelta en un capullo de sábanas interminables, sostén
del tranquilo rellano en el que se encuentra. Recorro las paredes con la
mirada, y sigo apreciando lo que hemos construido, lejos de la metáfora. Puedo
encontrar en mi mente aquel momento que se compró la remera que está sobre el
botinero, adivinar dónde está la pantufla restante que le regaló su mamá, y
seguir sin sentido el cable que une mi teléfono celular a la corriente. Los
ojos se han acostumbrado a la opacidad.
La breve pausa se asoma cuando
escucho al cisterna vaciarse un contenedor en el dorso, y dos curdas discutir
airadamente sobre fútbol. No me abandono a la lucha conciliatoria; pernoctar no
es todavía una opción para mí. Armando una vez más el rompecabezas, proyecto
videos musicales, frases cinéfilas, el carrousel de dos pisos en el Paseo de la
Infanta al que me llevaba papá cada tanto, antes de pasar por Wendy’s.
Entretanto, el ronquido suave y placentero a mi lado extiende el insomnio como
un elástico inagotable. Hasta pensar se vuelve aburrido cuando los círculos
concéntricos se repiten a lo largo de las horas, yendo a lugares comunes y
otros inexplorados. Asumo que no ganaré esta batalla, firmo el armisticio y me
dejo llevar hasta el final, cuando un sonido crudo y contundente me sacude del
trance: los albores de la mañana indican que es la hora de ir a trabajar, y la
estela del beso que reposa en mi mejilla pone en cero el cronómetro.
Será
cuestión de horas para la siguiente contienda.
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