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martes, 12 de agosto de 2014

Sopor de Bóveda Celeste

Un suspiro ahogado en el aire, cruel paradoja psicofísica, me da la bienvenida con el manto de oscuridad que tiñe todas las cosas en la noche. Hay un metrónomo rotando de una sien a la otra, decretando la dictadura del insomnio. Me dominan pensamientos que se atavían a cuestiones casi existenciales de la noche: Se está solo hasta con alguien de infinito valor al lado. ¿Cuántas personas se sentirán a solas con sí mismos? Hay un dejo de angustia que justifica al jadeo, y le da tiempo de convertirse a palpitaciones de suma intranquilidad: Tengo una jaqueca, de esas que despabilan peor que el cachetazo de la mano más pesada. No quedará otra que dar vueltas dentro de mi cabeza hasta dar con la llave que abra la puerta de mi somnolencia. Hoy vienen a visitarme aquellos que físicamente no están hace un tiempo, y otros que subieron despacio la escalera al cielo y, peldaño a peldaño, se quedaron cómodamente obligados ahí.
Es momento de recordar su esplendor, flashbacks en sepia que me transportan como un sueño liviano a revivir lugares (muchos de los cuales sigo frecuentando, pero sin ese aire noventoso), la disposición de los muebles, los olores, hasta los cielos eran de otro tornasolado. Todavía puedo sentir al tacto el pote de Gándara que venía antes del té con leche con retazos de figacita casera adentro. Soy un infante de nuevo, sin preocupaciones, sin soledades; un caminante de la vida sin tiempos ni plazos administrativos o de cualquier otra índole. Recuerdo la complicidad con mi tío, otro párvulo de ingenuidad dudosa y eterna pero siempre querible. Ir a sacar de la mesa las medialunas que le estaban prohibidas para luego repartirnos el botín, el cual nos delataría más adelante con sus propias migas desperdigadas por toda comisura visible. Su sonrisa y orgullo por compartir este mismo apellido, que cargamos con la frente más alta, erguidos en los logros y unidos en las dificultades. Felicitándome por mis notas en el colegio, leyendo y atesorando mis primeras letras manuscritas y otras tantas en formato digital. Fomentando mi cultura, recomendándome leer la Constitución para nunca ser víctima de atropellos. Buscando tangos de D’arienzo en internet, palmeándome el envés cada oportunidad que terminaba de ejecutarle “Mano a Mano”. Las diapositivas no terminan: Actos de colegio, felicidad y altivez de verme de nuevo junto al pabellón nacional. Visita a Campana, Renault 11 gris de papá, unos kilómetros hacia dentro en una tarde de sol, cartel verde que nos da la bienvenida a Don Torcuato. Más verde, esta vez del césped, y al fondo, detrás de una densa arboleda, se avista el dirigible de La Serenísima. Un paseo inolvidable, del que todavía al tocarme el brazo puedo sentirme la piel erizada: Sintomatología clásica de anhelo pueril concretado. Las filminas continúan, no tan análogas ahora, donde la vida invirtió los roles, los mimos cambiaron de destinatario y las dificultades asociadas a la edad me volvieron un sobrino cariñoso, lejos de olvidar tanta mundología compartida. Ni el norte ni el sur pudieron alejarnos más allá de unos kilómetros corpóreos, mas no hubo frío ni calor que nos distanciaran de verdad, a sabiendas que hay gente que se tiene a metros entre sí pero deja pasar la vida sin siquiera mirarse a los ojos para darse las gracias que merecen. Y más allá de cualquier censor onírico, sé que estás conmigo, que sos, fuiste y serás esa persona que me enseñó que había más familia que mamá, papá y hermana. Me acompañaste desde abajo, cuando era vecino del suelo, y hoy me seguís acompañando desde el cielo más alto e inalcanzable, otra cruel paradoja psicofísica. Ni el mejor comprimido de ergotamina podría haberme quitado esta migraña, pero te animaste a abrocharte el cinturón a mi lado.


Muchas gracias por viajar conmigo.