Ella no puede morir; ésa es la premisa. Aunque sus dedos se
fundan con el plástico de las teclas, mientras implora por su existencia,
completando páginas abarrotadas de palabras. Por más que sus lágrimas recorran
párpados y mejillas como grifos infinitos de tristeza gráfica. Pese a que su
agripnia crónica de soledad paradójicamente lo abandone en su peor momento, y
deje de estrecharlo cada vez que ella aparezca en su mente. No hay excusas,
sólo resistencia. Un vigor tan testarudo como enigmático, una fuerza
irrefrenable que no admite pasos en falso dentro de un olvido que no permite
ser conquistado. Y en el medio, el brutal padecimiento del que quiere preterir
y no puede. Porque ella no puede morir, si aún no está seguro de que sea real o
una perfecta fábula psicológica. Si todavía no ha podido despegar cada partícula
de sus labios impregnada en el belfo propio, ni ha logrado desmoldar la forma
del húmero ajeno entrelazado con su espalda. Más allá de lo que el mundo y sus
benditos mandatos sociales le digan qué es la felicidad para él, sabe bien cómo
enfrascarse en si mismo con esa peculiar definición. No está seguro si ufanarse
más de conocerla como nadie, o si sentirse boyante sólo por soñarla tan
despierto como dormido, las noches que logra clausurar la luz en sus ojos al
menos por un instante. Está seguro de que es uno de esos tantos caprichos de la
mente y el corazón, cuando complotan para perturbar que uno batalle por lo que
ama. En esos momentos, logra convertirse en su peor enemigo,
auto-boicoteándose. Se une inconscientemente a esa marea crítica que reglamenta
cómo se debe vivir en la moral y las “buenas costumbres” (¡Qué cínicos que
llegan a ser esos malogrados divulgadores!). No piensa darles el gusto ni
formar parte de su séquito, porque sabe que ella no puede morir. Y si de vivir
se trata, se pregunta una y otra vez por el sentido de la vida sin su
fantástico anhelo. ¿Cuál sería el combustible de sus piernas, si no pensase en
levantarse para caminar añorando un encuentro casual, un guiño fortuito del destino?
¿Por qué se iría a dormir si no tuviera la esperanza de que ella logre
traspasar sus barreras oníricas para aparecerse delante suyo, así fuera por
unos segundos? No sentiría el calor de la vida ni el frío de la muerte si ella
no fuera el termómetro por donde pasan esas sensaciones. Ha logrado darle
sentido a una vida con marcadas carencias del mismo. Por eso ella no debe
morir, aunque no esté convencido de poder continuar mucho tiempo más con este
ritmo. Tanto deseo y tan poca materialización fluyen hacia una realidad
inevitable: No habrá mollera capaz de soportarlo. Un síndrome de sábanas vacías
incapaces de llenarse con una piel diferente; porque ha roto el molde, sabe que
no debe morir. Su intelecto, siempre elogiado por propios y extraños, se ve en
su encrucijada más difícil. Todos nos sentimos desprotegidos cuando hay una
circunstancia que nos resulta inmanejable. Esta indefensión nos hace
vulnerables, abre un resquicio, una grieta, que de no ser subsanada se vuelve
un agujero negro que logra tragarse el resto, perturbando lo que estaba
resuelto, llevando caos al orden preestablecido. Lejos de tapiar la oscuridad
que se apodera de él, busca mantener la calma y abrazarse en lo más recóndito
de su alma a ella, buscando protegerla, porque no debe morir. Aunque el universo
se derrumbe frente a sus fanales, contra el Apocalipsis personal, luchando con
el corazón en la mano, sabe que disputar esta contienda es todo lo que le
queda. Al fin de cuentas, a ser feliz es a lo único que venimos a esta vida, plagada
de amarguras y obstáculos en el medio para hacernos más sinuoso el sendero.
Pero él la ha encontrado, razón por la lucha con todas sus fuerzas hasta el
último aliento de algarabía. Se siente exhausto pero jubiloso, experimentando
la satisfacción del deber cumplido: Ella no ha muerto. Él no tuvo la misma
suerte.
miércoles, 1 de octubre de 2014
martes, 12 de agosto de 2014
Sopor de Bóveda Celeste
Un suspiro ahogado en el aire, cruel paradoja
psicofísica, me da la bienvenida con el manto de oscuridad que tiñe todas las
cosas en la noche. Hay un metrónomo rotando de una sien a la otra, decretando
la dictadura del insomnio. Me dominan pensamientos que se atavían a cuestiones
casi existenciales de la noche: Se está solo hasta con alguien de infinito
valor al lado. ¿Cuántas personas se sentirán a solas con sí mismos? Hay un dejo
de angustia que justifica al jadeo, y le da tiempo de convertirse a palpitaciones
de suma intranquilidad: Tengo una jaqueca, de esas que despabilan peor que el
cachetazo de la mano más pesada. No quedará otra que dar vueltas dentro de mi
cabeza hasta dar con la llave que abra la puerta de mi somnolencia. Hoy vienen
a visitarme aquellos que físicamente no están hace un tiempo, y otros que
subieron despacio la escalera al cielo y, peldaño a peldaño, se quedaron
cómodamente obligados ahí.
Es momento de recordar su esplendor,
flashbacks en sepia que me transportan como un sueño liviano a revivir lugares
(muchos de los cuales sigo frecuentando, pero sin ese aire noventoso), la
disposición de los muebles, los olores, hasta los cielos eran de otro tornasolado.
Todavía puedo sentir al tacto el pote de Gándara que venía antes del té con
leche con retazos de figacita casera adentro. Soy un infante de nuevo, sin
preocupaciones, sin soledades; un caminante de la vida sin tiempos ni plazos
administrativos o de cualquier otra índole. Recuerdo la complicidad con mi tío,
otro párvulo de ingenuidad dudosa y eterna pero siempre querible. Ir a sacar de
la mesa las medialunas que le estaban prohibidas para luego repartirnos el
botín, el cual nos delataría más adelante con sus propias migas desperdigadas
por toda comisura visible. Su sonrisa y orgullo por compartir este mismo
apellido, que cargamos con la frente más alta, erguidos en los logros y unidos
en las dificultades. Felicitándome por mis notas en el colegio, leyendo y
atesorando mis primeras letras manuscritas y otras tantas en formato digital. Fomentando
mi cultura, recomendándome leer la Constitución para nunca ser víctima de
atropellos. Buscando tangos de D’arienzo en internet, palmeándome el envés cada
oportunidad que terminaba de ejecutarle “Mano a Mano”. Las diapositivas no
terminan: Actos de colegio, felicidad y altivez de verme de nuevo junto al
pabellón nacional. Visita a Campana, Renault 11 gris de papá, unos kilómetros
hacia dentro en una tarde de sol, cartel verde que nos da la bienvenida a Don
Torcuato. Más verde, esta vez del césped, y al fondo, detrás de una densa
arboleda, se avista el dirigible de La Serenísima. Un paseo inolvidable, del
que todavía al tocarme el brazo puedo sentirme la piel erizada: Sintomatología
clásica de anhelo pueril concretado. Las filminas continúan, no tan análogas
ahora, donde la vida invirtió los roles, los mimos cambiaron de destinatario y
las dificultades asociadas a la edad me volvieron un sobrino cariñoso, lejos de
olvidar tanta mundología compartida. Ni el norte ni el sur pudieron alejarnos
más allá de unos kilómetros corpóreos, mas no hubo frío ni calor que nos
distanciaran de verdad, a sabiendas que hay gente que se tiene a metros entre
sí pero deja pasar la vida sin siquiera mirarse a los ojos para darse las
gracias que merecen. Y más allá de cualquier censor onírico, sé que estás
conmigo, que sos, fuiste y serás esa persona que me enseñó que había más
familia que mamá, papá y hermana. Me acompañaste desde abajo, cuando era vecino
del suelo, y hoy me seguís acompañando desde el cielo más alto e inalcanzable,
otra cruel paradoja psicofísica. Ni el mejor comprimido de ergotamina podría
haberme quitado esta migraña, pero te animaste a abrocharte el cinturón a mi
lado.
Muchas gracias por viajar conmigo.
Ubicación:
Buenos Aires, Argentina
martes, 29 de julio de 2014
Letargo Nocturno
Hay mentes que nunca concluyen el ajetreo
interno, sin importar la franja horaria que atraviesen. Es más, muchas veces
son cruzadas por estímulos claves, en ocasiones que cultural y naturalmente
están destinados a su descanso. No todo es tan sencillo ni lineal como
presionar el “ON-OFF” en el cerebro y dar vuelta la página para dar comienzo a
un nuevo día. Admiro profundamente a quienes lo pueden hacer, aquellos que no
se estresan ante la idea de la oscuridad nocturna, esa que vuelve inútiles los
ojos que todo lo ven. La almohada es un cerrojo que suele atraparme con mis
pensamientos, obligándome a estar a solas con ellos; es momento de evaluar
absolutamente todo en infinitas direcciones. Repaso momentos del día: aciertos,
errores, cosas por hacer, frases colocadas con pericia y desafortunadas
palabras que se baten a duelo en una disputa moral y afectiva. El Súper Yo y el
Ello combaten en orillas opuestas con la intención de imponer cada uno su
manifiesto. Qué complejas son las ideas que persisten estoicamente alrededor.
Algunas veces son ideas que
revolotean inconexas buscando un papel que las aloje. Otras son mapas,
secuencias, textos completos que desafían a la aurora, dejándome perplejo y
desvelado ante tanto análisis. A esta altura es imposible reducir la marcha,
no hay cambio que bajar en esta caja de velocidades.
La retrospectiva se profundiza:
aparecen proyectos, amores, sueños y los besos que han sido y no fueron del
todo. Recuerdo las promesas sin cumplir, las dagas que me apuñalaron el corazón
cuando todavía era muy imberbe para percibir cara a cara al dolor.
Vuelvo a ponerme los zapatos que
traía desgastados al principio de este viaje, recorriendo nuevamente los
senderos que me trajeron hasta este entramado pantanoso. Las miserias pasadas
se burlan de mi, inefables, resentidas por haberlas dejado atrás. Si la
complexión natural nos permitió diferenciarnos del resto por la noción de
pretérito y porvenir simultáneamente, es bueno usarlo para valorarse, para
comprender que no somos seres de un día. Es ahí cuando abro los ojos, harto de
luchar contra esa fuerza invisible que sólo gana solidez ante cada embate por
dormir. La miro a ella, envuelta en un capullo de sábanas interminables, sostén
del tranquilo rellano en el que se encuentra. Recorro las paredes con la
mirada, y sigo apreciando lo que hemos construido, lejos de la metáfora. Puedo
encontrar en mi mente aquel momento que se compró la remera que está sobre el
botinero, adivinar dónde está la pantufla restante que le regaló su mamá, y
seguir sin sentido el cable que une mi teléfono celular a la corriente. Los
ojos se han acostumbrado a la opacidad.
La breve pausa se asoma cuando
escucho al cisterna vaciarse un contenedor en el dorso, y dos curdas discutir
airadamente sobre fútbol. No me abandono a la lucha conciliatoria; pernoctar no
es todavía una opción para mí. Armando una vez más el rompecabezas, proyecto
videos musicales, frases cinéfilas, el carrousel de dos pisos en el Paseo de la
Infanta al que me llevaba papá cada tanto, antes de pasar por Wendy’s.
Entretanto, el ronquido suave y placentero a mi lado extiende el insomnio como
un elástico inagotable. Hasta pensar se vuelve aburrido cuando los círculos
concéntricos se repiten a lo largo de las horas, yendo a lugares comunes y
otros inexplorados. Asumo que no ganaré esta batalla, firmo el armisticio y me
dejo llevar hasta el final, cuando un sonido crudo y contundente me sacude del
trance: los albores de la mañana indican que es la hora de ir a trabajar, y la
estela del beso que reposa en mi mejilla pone en cero el cronómetro.
Será
cuestión de horas para la siguiente contienda.