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miércoles, 1 de octubre de 2014

Mictlancíhuatl

Ella no puede morir; ésa es la premisa. Aunque sus dedos se fundan con el plástico de las teclas, mientras implora por su existencia, completando páginas abarrotadas de palabras. Por más que sus lágrimas recorran párpados y mejillas como grifos infinitos de tristeza gráfica. Pese a que su agripnia crónica de soledad paradójicamente lo abandone en su peor momento, y deje de estrecharlo cada vez que ella aparezca en su mente. No hay excusas, sólo resistencia. Un vigor tan testarudo como enigmático, una fuerza irrefrenable que no admite pasos en falso dentro de un olvido que no permite ser conquistado. Y en el medio, el brutal padecimiento del que quiere preterir y no puede. Porque ella no puede morir, si aún no está seguro de que sea real o una perfecta fábula psicológica. Si todavía no ha podido despegar cada partícula de sus labios impregnada en el belfo propio, ni ha logrado desmoldar la forma del húmero ajeno entrelazado con su espalda. Más allá de lo que el mundo y sus benditos mandatos sociales le digan qué es la felicidad para él, sabe bien cómo enfrascarse en si mismo con esa peculiar definición. No está seguro si ufanarse más de conocerla como nadie, o si sentirse boyante sólo por soñarla tan despierto como dormido, las noches que logra clausurar la luz en sus ojos al menos por un instante. Está seguro de que es uno de esos tantos caprichos de la mente y el corazón, cuando complotan para perturbar que uno batalle por lo que ama. En esos momentos, logra convertirse en su peor enemigo, auto-boicoteándose. Se une inconscientemente a esa marea crítica que reglamenta cómo se debe vivir en la moral y las “buenas costumbres” (¡Qué cínicos que llegan a ser esos malogrados divulgadores!). No piensa darles el gusto ni formar parte de su séquito, porque sabe que ella no puede morir. Y si de vivir se trata, se pregunta una y otra vez por el sentido de la vida sin su fantástico anhelo. ¿Cuál sería el combustible de sus piernas, si no pensase en levantarse para caminar añorando un encuentro casual, un guiño fortuito del destino? ¿Por qué se iría a dormir si no tuviera la esperanza de que ella logre traspasar sus barreras oníricas para aparecerse delante suyo, así fuera por unos segundos? No sentiría el calor de la vida ni el frío de la muerte si ella no fuera el termómetro por donde pasan esas sensaciones. Ha logrado darle sentido a una vida con marcadas carencias del mismo. Por eso ella no debe morir, aunque no esté convencido de poder continuar mucho tiempo más con este ritmo. Tanto deseo y tan poca materialización fluyen hacia una realidad inevitable: No habrá mollera capaz de soportarlo. Un síndrome de sábanas vacías incapaces de llenarse con una piel diferente; porque ha roto el molde, sabe que no debe morir. Su intelecto, siempre elogiado por propios y extraños, se ve en su encrucijada más difícil. Todos nos sentimos desprotegidos cuando hay una circunstancia que nos resulta inmanejable. Esta indefensión nos hace vulnerables, abre un resquicio, una grieta, que de no ser subsanada se vuelve un agujero negro que logra tragarse el resto, perturbando lo que estaba resuelto, llevando caos al orden preestablecido. Lejos de tapiar la oscuridad que se apodera de él, busca mantener la calma y abrazarse en lo más recóndito de su alma a ella, buscando protegerla, porque no debe morir. Aunque el universo se derrumbe frente a sus fanales, contra el Apocalipsis personal, luchando con el corazón en la mano, sabe que disputar esta contienda es todo lo que le queda. Al fin de cuentas, a ser feliz es a lo único que venimos a esta vida, plagada de amarguras y obstáculos en el medio para hacernos más sinuoso el sendero. Pero él la ha encontrado, razón por la lucha con todas sus fuerzas hasta el último aliento de algarabía. Se siente exhausto pero jubiloso, experimentando la satisfacción del deber cumplido: Ella no ha muerto. Él no tuvo la misma suerte.

martes, 12 de agosto de 2014

Sopor de Bóveda Celeste

Un suspiro ahogado en el aire, cruel paradoja psicofísica, me da la bienvenida con el manto de oscuridad que tiñe todas las cosas en la noche. Hay un metrónomo rotando de una sien a la otra, decretando la dictadura del insomnio. Me dominan pensamientos que se atavían a cuestiones casi existenciales de la noche: Se está solo hasta con alguien de infinito valor al lado. ¿Cuántas personas se sentirán a solas con sí mismos? Hay un dejo de angustia que justifica al jadeo, y le da tiempo de convertirse a palpitaciones de suma intranquilidad: Tengo una jaqueca, de esas que despabilan peor que el cachetazo de la mano más pesada. No quedará otra que dar vueltas dentro de mi cabeza hasta dar con la llave que abra la puerta de mi somnolencia. Hoy vienen a visitarme aquellos que físicamente no están hace un tiempo, y otros que subieron despacio la escalera al cielo y, peldaño a peldaño, se quedaron cómodamente obligados ahí.
Es momento de recordar su esplendor, flashbacks en sepia que me transportan como un sueño liviano a revivir lugares (muchos de los cuales sigo frecuentando, pero sin ese aire noventoso), la disposición de los muebles, los olores, hasta los cielos eran de otro tornasolado. Todavía puedo sentir al tacto el pote de Gándara que venía antes del té con leche con retazos de figacita casera adentro. Soy un infante de nuevo, sin preocupaciones, sin soledades; un caminante de la vida sin tiempos ni plazos administrativos o de cualquier otra índole. Recuerdo la complicidad con mi tío, otro párvulo de ingenuidad dudosa y eterna pero siempre querible. Ir a sacar de la mesa las medialunas que le estaban prohibidas para luego repartirnos el botín, el cual nos delataría más adelante con sus propias migas desperdigadas por toda comisura visible. Su sonrisa y orgullo por compartir este mismo apellido, que cargamos con la frente más alta, erguidos en los logros y unidos en las dificultades. Felicitándome por mis notas en el colegio, leyendo y atesorando mis primeras letras manuscritas y otras tantas en formato digital. Fomentando mi cultura, recomendándome leer la Constitución para nunca ser víctima de atropellos. Buscando tangos de D’arienzo en internet, palmeándome el envés cada oportunidad que terminaba de ejecutarle “Mano a Mano”. Las diapositivas no terminan: Actos de colegio, felicidad y altivez de verme de nuevo junto al pabellón nacional. Visita a Campana, Renault 11 gris de papá, unos kilómetros hacia dentro en una tarde de sol, cartel verde que nos da la bienvenida a Don Torcuato. Más verde, esta vez del césped, y al fondo, detrás de una densa arboleda, se avista el dirigible de La Serenísima. Un paseo inolvidable, del que todavía al tocarme el brazo puedo sentirme la piel erizada: Sintomatología clásica de anhelo pueril concretado. Las filminas continúan, no tan análogas ahora, donde la vida invirtió los roles, los mimos cambiaron de destinatario y las dificultades asociadas a la edad me volvieron un sobrino cariñoso, lejos de olvidar tanta mundología compartida. Ni el norte ni el sur pudieron alejarnos más allá de unos kilómetros corpóreos, mas no hubo frío ni calor que nos distanciaran de verdad, a sabiendas que hay gente que se tiene a metros entre sí pero deja pasar la vida sin siquiera mirarse a los ojos para darse las gracias que merecen. Y más allá de cualquier censor onírico, sé que estás conmigo, que sos, fuiste y serás esa persona que me enseñó que había más familia que mamá, papá y hermana. Me acompañaste desde abajo, cuando era vecino del suelo, y hoy me seguís acompañando desde el cielo más alto e inalcanzable, otra cruel paradoja psicofísica. Ni el mejor comprimido de ergotamina podría haberme quitado esta migraña, pero te animaste a abrocharte el cinturón a mi lado.


Muchas gracias por viajar conmigo.

martes, 29 de julio de 2014

Letargo Nocturno

Hay mentes que nunca concluyen el ajetreo interno, sin importar la franja horaria que atraviesen. Es más, muchas veces son cruzadas por estímulos claves, en ocasiones que cultural y naturalmente están destinados a su descanso. No todo es tan sencillo ni lineal como presionar el “ON-OFF” en el cerebro y dar vuelta la página para dar comienzo a un nuevo día. Admiro profundamente a quienes lo pueden hacer, aquellos que no se estresan ante la idea de la oscuridad nocturna, esa que vuelve inútiles los ojos que todo lo ven. La almohada es un cerrojo que suele atraparme con mis pensamientos, obligándome a estar a solas con ellos; es momento de evaluar absolutamente todo en infinitas direcciones. Repaso momentos del día: aciertos, errores, cosas por hacer, frases colocadas con pericia y desafortunadas palabras que se baten a duelo en una disputa moral y afectiva. El Súper Yo y el Ello combaten en orillas opuestas con la intención de imponer cada uno su manifiesto. Qué complejas son las ideas que persisten estoicamente alrededor.

Algunas veces son ideas que revolotean inconexas buscando un papel que las aloje. Otras son mapas, secuencias, textos completos que desafían a la aurora, dejándome perplejo y desvelado ante tanto análisis. A esta altura es imposible reducir la marcha, no hay cambio que bajar en esta caja de velocidades.
La retrospectiva se profundiza: aparecen proyectos, amores, sueños y los besos que han sido y no fueron del todo. Recuerdo las promesas sin cumplir, las dagas que me apuñalaron el corazón cuando todavía era muy imberbe para percibir cara a cara al dolor.

Vuelvo a ponerme los zapatos que traía desgastados al principio de este viaje, recorriendo nuevamente los senderos que me trajeron hasta este entramado pantanoso. Las miserias pasadas se burlan de mi, inefables, resentidas por haberlas dejado atrás. Si la complexión natural nos permitió diferenciarnos del resto por la noción de pretérito y porvenir simultáneamente, es bueno usarlo para valorarse, para comprender que no somos seres de un día. Es ahí cuando abro los ojos, harto de luchar contra esa fuerza invisible que sólo gana solidez ante cada embate por dormir. La miro a ella, envuelta en un capullo de sábanas interminables, sostén del tranquilo rellano en el que se encuentra. Recorro las paredes con la mirada, y sigo apreciando lo que hemos construido, lejos de la metáfora. Puedo encontrar en mi mente aquel momento que se compró la remera que está sobre el botinero, adivinar dónde está la pantufla restante que le regaló su mamá, y seguir sin sentido el cable que une mi teléfono celular a la corriente. Los ojos se han acostumbrado a la opacidad.


La breve pausa se asoma cuando escucho al cisterna vaciarse un contenedor en el dorso, y dos curdas discutir airadamente sobre fútbol. No me abandono a la lucha conciliatoria; pernoctar no es todavía una opción para mí. Armando una vez más el rompecabezas, proyecto videos musicales, frases cinéfilas, el carrousel de dos pisos en el Paseo de la Infanta al que me llevaba papá cada tanto, antes de pasar por Wendy’s. Entretanto, el ronquido suave y placentero a mi lado extiende el insomnio como un elástico inagotable. Hasta pensar se vuelve aburrido cuando los círculos concéntricos se repiten a lo largo de las horas, yendo a lugares comunes y otros inexplorados. Asumo que no ganaré esta batalla, firmo el armisticio y me dejo llevar hasta el final, cuando un sonido crudo y contundente me sacude del trance: los albores de la mañana indican que es la hora de ir a trabajar, y la estela del beso que reposa en mi mejilla pone en cero el cronómetro. 

Será cuestión de horas para la siguiente contienda.